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El bravucón

 

Con amenazas sobre aranceles al comercio, el presidente de Estados Unidos le mete miedo a casi todo el mundo. Foto Pexels


Tienen miedo los inmigrantes y los naturalizados, los primeros ministros y los presidentes, los empresarios, el rey y la reina, todos por obra y gracia de una sola persona: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que se cree con el derecho de amenazar a diestra y siniestra para lograr sus propósitos comerciales que ayudarán a solventar la reducción de impuestos a los ricos.

Amenaza al que hable de su gobierno, pero no le importa meterse en los asuntos internos de ellos demás. Les grita a los sudafricanos que están cometiendo genocidio contra los blancos, acusaciones infundadas sacadas de un video que mostraba otra cosa.

Amenaza a Colombia porque el presidente Petro algo habló del secretario de Estado Marcos rubio, pero no tiene problemas en acusar a Brasil de perseguir al líder derechista y posible golpista, el expresidente Jair Bolsonaro y, para variar, lo amenaza.

Ataca la libre autodeterminación de los pueblos y amenaza entonces a los que se sumen al bloque de los Brics.

Obliga a sus universidades a sancionar a quien sea propalestino y a eliminar todos lo que sea equidad. Demanda a medios de prensa como la ABC y la CBS por el cubrimiento electoral y a los bufetes de abogados que llevaron casos de inmigrantes los pone a sus pies para que le trabajen gratis en todo lo que requiera. Le corren, le aceptan las demandas y le pagan lo que desee.

Y casi todos les tienen pavor. Hasta la Unión Europea, sumida hoy en una falta de liderazgo asombrosa, ha corrido a negociar nuevos acuerdos, porque, aunque puede ser real que la balanza comercial de Estados Unidos con algunos países resulta desfavorable al imperio gringo, no es el caso con países pequeños a los cuales ya impuso altos gravámenes que agravarán la pobreza en esos territorios.

Es claro que necesita dinero para cubrir los huecos que dejará el beneficio a los ricos de su país y por eso mismo ha reducido o eliminado la ayuda para organismos internacionales y para programas estadounidenses de reducción a la pobreza y alivio a las enfermedades, como USAID.

No se trata de que el nuevo orden mundial, ese en el que Rusia y China ya se le contraponen de frente a los intereses estadounidenses, esté generando caos y tenga al mundo de pelos parado, sino que los caprichos de una sola persona parecen ser mandato de las deidades, mandato al que, vale decir, le corren muchos gobernantes, políticos y empresarios que no conciben la vida sin Estados Unidos.

Ha acumulado tanto poder a punta de amenazas que ni los políticos propios ni los jueces dicen una sola palabra en contra.

Cunde el pánico. Gobiernos de todo el planeta corren para cumplir con las exigencias que les hace. Pese a ello, la calma que llega para algunos es tensa, porque no se sabe cuándo volverá a acusarlos ni de qué ni qué nuevos reclamos les hará.

Sí, la idea es hacer América grande para los ricos de nuevo y para eso no importa llevarse medio mundo por delante, pasar por alto el derecho internacional e imponer arbitrariedades de toda clase.

Maullido: ¿Cómo es posible que en Bogotá el progresismo todavía piense que Daniel Quintero es de izquierda y un gran líder?

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