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Algunas reflexiones sobre la violencia que permitimos

 

La gran mayoría de las Farc entregaron sus armas, pero la violencia asesina prosigue. Foto Boris Guevara


No solo es un horror, es una vergüenza para todos nosotros como colombianos.

Se preguntaba el padre Francisco De Roux, en la entrega del informe final de la Comisión de la Verdad, ¿dónde estaba la sociedad civil, dónde el Congreso y los partidos políticos, dónde estaba el gobierno mientras nos matábamos? ¿Por qué callaron los empresarios?

¿Qué hicimos nosotros? ¿Por qué lo permitimos? Y ¿por qué lo seguimos permitiendo?

Se pregunta uno ¿dónde estaban las iglesias con sus sacerdotes y pastores? ¿No es su mandato defender la vida humana?

No se hizo mucho. Más bien poco o nada. Y así, tranquila, la muerte y la violencia se pasearon por todo el territorio. Hoy tratamos de encontrar explicaciones (propongo algunas más adelante) porque las cifras son contundentes y enmarcan un sufrimiento humano aterrador.

Fueron 450 664 homicidios entre 1985 y 2016, 45 % a manos de los paramilitares, 21 % de las Farc-Ep, 12 % de agentes estatales (56 094 víctimas), 4 % del Eln.

Pero también hubo 121.768 desaparecidos de manera forzada, 50.770 secuestrados, 16.238 niños, niñas y adolescentes reclutados y alrededor de 8 millones de desplazados (una población como la de Bogotá).

Desde 1958 fueron 700 000 los muertos por esta violencia que aún nos carcome, la mayoría jóvenes, campesinos y civiles (75%)

Y duele más saber que solo 1,5 % murió en combates.

Nos dormimos como sociedad, pero no es de extrañar. Así ha sido siempre. Una fascinación por lo ilegal, por lo anómalo, por lo irregular, por lo antiético, por lo amoral. Y si no, pues somos solo omisión, no actuamos porque tampoco hemos tenido identidad de país con todo lo que implica (las redes sociales han ayudado en los últimos años a empezar a configurar esa identidad, al menos en parte de los colombianos).

Es difícil encontrar explicaciones a esa apatía, a esa inmovilidad mortal. Es la indiferencia, que nos mata y que ha sido promovida por diferentes hechos y circunstancias.

El lenguaje amañado y repetitivo de los gobiernos contra quienes se les oponen, callando incluso cuando el horror es contra esos enemigos.

No menos culpables son los medios, que siempre han sido oficialistas, prestos a divulgar la verdad oficial y negar otras voces.

(Recuerdo el caso del periódico de Antioquia, que hasta finalizar el siglo pasado fue gran defensor de los derechos humanos y profundizó en los horrores del conflicto, pero que al comenzar este siglo dio un giro de 180 grados para apoyar solo la verdad del gobierno que nacía en 2002).

Es solo un ejemplo. Nuestro periodismo en los medios tradicionales ha estado apegado a vender el discurso gubernamental, algo que seguramente obró en la conciencia de gran parte de la nación.

Tales fuerzas, gobiernos más medios, influyeron para que solo se rechazara, más como anécdota, la violencia de uno de los actores. Aún hoy, políticos de trayectoria sostienen que fueron las Farc las que cometieron más asesinatos. Incidió también, el relacionamiento de este grupo con las drogas ilícitas y la lucha que nos han impuesto contra estas.

Recordemos que hubo marchas contra aquella organización, por los secuestros, auspiciadas por gobiernos y medios, pero no hubo contra los paramilitares.

Se generó tal odio que el gobierno de Uribe no tuvo oposición para diferentes prácticas que apuntaban a acabar las guerrillas a como diera lugar, y se generaron pocas reacciones cuando las muertes estuvieron a cargo de las armas del Estado. (¿Cuántos periodistas no volaron en naves del Ejército para ir a ver el resultado de sus operaciones?)

Aquellas terribles cifras se convirtieron en paisaje, porque tampoco hubo medios fuertes que hicieran la tarea completa: buscar la verdad, no solo la oficial.

Existe otro factor que no se puede dejar de lado, que ha resaltado en las recientes elecciones presidenciales. Una buena parte de la violencia se ensañó en las regiones periféricas, aquellas olvidadas y ninguneadas por gobiernos, políticos y medios. Y una elevada proporción de los muertos fueron campesinos o habitantes de esas poblaciones marginadas, los nadie que no están en el radar de gobiernos, autoridades y menos en la gran prensa, interesando poco a los residentes en las grandes urbes o pueblos más cercanos a los centros de poder político y económico.

Si se suman la desigualdad y la pobreza, la falta de oportunidades a lo largo y ancho de nuestra geografía, situaciones que degradan la vida y ante las cuales el esfuerzo estatal y empresarial fue poco y sonó más bien a indiferencia, queda perfecto el caldo donde se mezclaron asesinatos, secuestros, desplazamientos, extorsiones y demás actos ignominiosos de esta larga guerra colombiana.

Tantos factores que incidieron mas lo imperdonable fue no haber actuado frente a ellos y haber permitido que la violencia creciera como bola de nieve incontenible.

Habrá más explicaciones, cada quién las tiene (hay mucho por analizar) pero nos debería doler a todos, aunque ya hay voces que no le dan importancia al Informe Final o lo controvierten sin argumentos sólidos como queriendo negar, una vez más, esa violencia irracional que nos desangró.

Qué tristeza.

 


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