Ir al contenido principal

De la revolución al status quo

 

La reforma laboral busca devolverles a los trabajadores conquistas perdidas en pasados gobiernos. Foto Wikipedia Commons


¿Qué está pasando y qué quiere decir Gustavo Petro en sus recientes intervenciones?

Petro prometió unas reformas por las que fue elegido, pero decide un Congreso también elegido legítimamente. Le toca negociar con él y es lo que hace, con los métodos que siempre se han aplicado, hoy congresista a congresista, tal como con la reelección de Álvaro Uribe y yidispolítica.

Las molestias e inconformidades de unos vienen por sus palabras, no entendidas por todos, menos por quienes son opositores y nada bueno le ven. ¿Llamó a una revolución? Primero, qué se entiende por esta. En Colombia no están dadas las condiciones para imponer leyes por encima de las instituciones y de la Constitución.

¿Llamó a las protestas? Estas no solo son válidas sino permitidas, un concepto que siempre ha entendido la derecha según conveniencia.

Es claro que los proyectos deben ser discutidos, pero que Petro quiere mantener unos puntos básicos sobre los cuales ha insistido desde campaña-

No menos claro es que se oponen los miembros de los partidos tradicionales, esos que durante 200 años han mantenido en el olvido a más de medio país. Solo basta recordar los niveles de desigualdad e informalidad para corroborarlo.

Vale recordar quién eliminó en los albores de este siglo beneficios laborales como los recargos por dominicales y festivos y la reducción de la jornada nocturna, supuestamente para que los empresarios, siempre beneficiados, crearan un empleo que nunca llegó.

O porqué la violencia se enquistó en todas las regiones marginadas por los políticos y gobernantes, al punto de permitir una explosión de grupos delincuenciales de la más diversa tipología.

Esto fue sin dudas el detonante de las protestas de hace dos años, criminalizadas y reprimidas violentamente por el gobierno de Iván Duque con el respaldo de los poderosos políticos y empresarios, tal como ha ocurrido siempre que la gente se manifiesta desde las primeras décadas del siglo pasado.

¿Es este inconformismo el caldo de cultivo de una revolución? No. Pero sí puede ser una fuerza que en algún momento, de mantenerse, incida con vigor en la toma de decisiones por los entes administrativos y legislativos.

Lógico que quienes siempre han mantenido privilegios quieran conservarlos y para ello utilizan todo un conjunto de estrategias como cifras amañadas para tratar de desvirtuar los planteamientos y las medidas que buscan ampliar los beneficios a un mayor número de colombianos.

Una oposición y unos privilegiados que vociferan que el gobierno va hacia el autoritarismo, ese mismo que callaron cuando fueron otros, desde el Centro Democrático, quienes quisieron perpetuarse en el poder.

Algunos reprochan que el gobierno parezca recurrir a una lucha de clases para sacar sus reformas. Si se analiza en el contexto citado arriba, claro que lo es porque hay unas castas que quieren mantener los favorecimientos que siempre han tenido y no aportar para beneficiar a otros colombianos.

Y creo que las cosas es mejor llamarlas por su nombre, sin eufemismos.

Eso no obliga ni a enfrentamientos violentos ni a violaciones de los derechos de los demás, sino que persigue su democratización. Es solo la búsqueda por mejorar la calidad de vida.

Este gobierno no resarcirá dos siglos de olvido, pero es un comienzo así exista una oposición cerrada a los cambios.

Por todo esto, el gobierno y el presidente Petro deben caminar con pies de plomo, pero con decisión para no echar al traste lo ganado con la primera elección de un presidente de izquierda.

De eso dependerá que en cuatro años no vuelvan los mismos con las mismas a tirar por la borda los avances que se logren en este cuatrienio para devolver algo de dignidad a millones de colombianos.

Maullido: ya nos parecemos a los españoles, discutiendo por idioteces como unos tenis.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El prontuario de Paloma Valencia

  Elitista, clasista, racista, antiderechos y defensora de los poderosos, esa es en verdad Paloma Valencia, quien ahora busca incautos que crean que cambió. Foto Wikipedia Commons Por más que su nombre lo sugiera, Paloma no es una mansa paloma. Es un lobo feroz, que hoy representa todo lo que el país no quiere, eso que ha ido dejando de lado: violencia política, racismo, desconocimiento de derechos, favorecimiento de los poderosos. Quiso, en su discurso de victoria en la consulta que le fue favorable con indiscutida supremacía, retratarse como una mujer centrada y de centro, afín al diálogo y a las buenas maneras políticas, pero no, Paloma Valencia no es eso: ha sido durante toda su carrera política una acérrima defensora de Álvaro Uribe, de todo lo que este representa e hizo en sus gobiernos y por fuera de ellos, de lo que pregona su líder, que ha comparado con casi un dios en arrebatos cercanos a la locura adoración. Ahora, con su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Uribist...

El triste presente del Pacto Histórico

  Otro de los problemas del Pacto en su actual devenir errante es la aparición de fisuras internas acerca de la manera de entender el momento histórico del país. No todo es unión. Foto Pacto Histórico Mal comienzo del Pacto Histórico como partido de oposición tras la terminación del gobierno progresista. Como que no atinan sus líderes a descifrar el camino y cómo buscar de nuevo ser gobierno. Y es que el Pacto tiene problemas serios. Gustavo Petro era su líder antes de convertirse en presidente y vuelve a serlo ahora, pero los momentos históricos han cambiado. Un porcentaje nada desdeñable de la derrota del progresismo en las elecciones se debió al mal gobierno de Petro, por su incapacidad para ejecutar y la forma como se hizo coger odio insultando a todos los contradictores o a las instituciones que no respaldaban sus iniciativas. Su personalidad megalómana hace que sea el centro de todo, el que tiene la última palabra y el que dice qué hacer y qué no. Una muestra clara es la ...

Salario mínimo: cómo aumentar la desigualdad

  La idea es que quienes ganen poco no ganen mucho más. Esa es la puja por el salario mínimo. Foto Public Domain Siempre resultará fastidiosa, por la inequidad y la injusticia que encierra, la pelea de los grandes poderos económicos para que no suba mucho el salario mínimo. Un discurso de doble moral, porque nada dicen ante los escandalosos aumentos de riqueza de empresarios e inversionistas. Claro, este es el summun del capitalismo, la aspiración, la meta: tener mucho así la mayoría tenga poco y por eso la lista periódica de los más ricos del mundo y del país genera admiración y grandes titulares en los medos sin siquiera una pizca de duda sobre todo lo que eso conlleva. Quienes ganan un mínimo o menos dependen de ingresos y no pueden planear el futuro. ¿Qué pasa si no tienen dinero antes del próximo cheque?, se pregunta Ingrid Robeyns, jefa de ética en la Universidad de Utrecht en su libro Limitarismo, el caso contra la extrema riqueza. Este año las utilidades del sistema f...