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Esa Colombia que a casi nadie interesa

 

Más que reformas que demorarán en llegarles, millones de colombianos necesitan es atención a sus necesidades diarias. Imagen en Villa Rufina, Riosucio, Chocó. Foto Ocha/Flickr


La urgencia de millones de colombianos no son esas reformas que demorarán años en llegarles sino las numerosas piedras en sus zapatos que hacen que sus vidas estén llenas de sinsabores y no sean tan plenas como las de otros millones de colombianos.

No es lo pensional ni lo laboral lo que más les preocupa, aunque muchos podrán beneficiarse en un futuro. Les duele y les dificulta la vida la carencia de escuelas dignas, de centros de salud (para esto no se requiere ninguna ley nueva), de vías transitables, de viviendas mejoradas, de legalización de tierras, de disposición de aguas residuales, de agua potable y de mercados justos para sus productos.

Son millones de las llamadas periferias, aunque otras regiones no tan alejadas, que hoy están abandonados a su suerte porque la preocupación de los gobiernos ha estado por otros lados. Y a un año del gobierno Petro tampoco se percibe que vayan a mejorar las cosas.

La vida en esas regiones transcurre a otro ritmo, muy diferente al de las grandes ciudades, ritmo que numerosos funcionarios, legisladores y gobernantes no alcanzan a detectar por diversas razones. Hay transacciones de muchos tipos que no se tienen en otros lugares y lo que en verdad les importa son esas pequeñas grandes cosas que les quitan o les pueden dar calidad de vida. 

El periodista José Guarnizo decía sobre la vereda Bocas de Manso en Tierralta, Córdoba, lugar del reciente atropello a sus habitantes por miembros del Ejército, que “la escuela fue construida por los mismos campesinos. Si es que se le puede llamar escuela. Donde 19 niños reciben clases hay un tablero, bajo una caseta sin paredes y techo de zinc”.

Casos como este abundan y no son de ahora. En El oro y la sangre, libro de Juan José Hoyos, un microcosmos del país centrado en los años 80, se muestra el abandono completo de los habitantes de la región de Andágueda en Chocó: “Ocho días fueron suficientes para ratificar una realidad de muerte, que ya no es el fruto de la violencia interna, sino de la desnutrición, las enfermedades… el olvido y la marginación en que viven estas comunidades”, concluía el sacerdote Agustín al recorrer la región.

Muertes que se siguen sucediendo allí y en otras regiones del Pacífico y en La Guajira, entre otras. Sentenciaba el cura, uno de los personajes reales de esta crónica: “… una tuberculosis que era prácticamente la herencia que había recibido de sus padres al nacer, y que estos a su vez habían recibido de una comunidad, de un grupo étnico que, como el indígena, hereda del Estado el abandono y la miseria a los que por quinientos años los han tenido sometidos”.

Un abandono que varias veces ha citado en sus libros sobre Colombia el historiador Jorge Orlando Melo, agregando que cuando las gentes protestan les hacen promesas que con frecuencia se incumplen y vuelve el olvido.

Una Colombia olvidada que nunca ha contado pese a infinidad de anuncios. Por eso gran parte del país pertenece a grupos delincuenciales que tienen allí un camino abonado para sus acciones.

La presencia del Estado se reduce a algún educador que trata de hacer lo que puede y en algunos puntos a militares, que tampoco copan todos los territorios.

Territorios de los cuales con frecuencia deben salir corriendo sus moradores ante el recrudecimiento de la violencia, como sucedió este mes en Samaniego y Santacruz en Nariño, perdiéndose la continuidad de sus vidas.

Millones de colombianos solo requieren una buena escuela, un buen centro de salud, buena agua y viviendas mejoradas, y para eso no se necesitan reformas, solo algo que hasta ahora ha faltado a todos los gobernantes: voluntad y decisión.

Y entonces un delegado del Centro de Pastoral Indígena de Chocó, afirmaba en el libro de Hoyos que “Al final nos convencimos de que las instituciones, más que verdaderos programas, querían tener actividades que les permitieran mostrar que sí estaban haciendo presencia en Andágueda. Pero no había nadie que se metiera a la zona a encarar los problemas y a ratificar la presencia del Estado”.

Solo la unión decidida y a lo largo de varios años de los gobiernos central, regional y local podrán sacarlos de ese olvido y darles mejor calidad de vida, devolverles la fe. Lo demás son cuentos. propuestas alejadas de esa otra y dura realidad.

Maullido: la politiquería en este país lo puede todo. Dizque condecorar a Quintero Calle. Qué mal ejemplo de la Cámara.

 

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