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Chiquita Brands, Mancuso y Uribe

 

Municipio de San Pedro de Urabá, otro de los seriamente afectados por la violencia paramilitar de los años 80-90. 


Lo que no fue capaz la justicia colombiana, cooptada casi todo este siglo por el uribismo, lo hizo la gringa: condenar a Chiquita Brands por financiar el paramilitarismo y haber contribuido así a una ola de violencia terrible que sacudió Urabá y algunas otras regiones en los años 90.

Vuelve el tema a la palestra, porque esta semana estuvo movida al respecto. Los fiscales de este siglo se encargaron de echarle tierra al paramilitarismo, pero en eso también tienen que ver las Cortes: recuerdo cuando el magistrado Iván Velásquez adelantaba una seria investigación sobre ese movimiento ilegal y sus financiadores y… fue removido del cargo. Y así pasó con todos quienes intentaron develar las fuentes que nutrían a esos sembradores de muerte y sus alianzas con la fuerza pública, gobiernos y empresarios. ¡Sí que tienen para contar historias las bananeras! ¡Sí que guardan historias los muros de la Brigada XVII!

Para nadie es un secreto, menos para quienes nos movimos en el campo periodístico, que muchos bananeros y empresarios de Urabá apoyaron a los paras y su accionar (solo recordemos acá a un columnista del diario El Colombiano con intereses en esa región, respaldándolos en sus columnas). Cómo explicar además que las autoridades locales y del departamento no conocieran nada del financiamiento a los paras.

De nuevo las miradas apuntan al expresidente Álvaro Uribe Vélez y la creación de las Convivir en su periodo como gobernador de Antioquia, transformadas en las máquinas de muerte en que se convirtió el paramilitarismo. Y apuntan porque fueron fuertes en Urabá y, además, porque de nuevo el otrora cabecilla paramilitar, Salvatore Mancuso, insistió en que sí se reunió con él y contó detalles del macabro asesinato colectivo de campesinos en El Aro, en Ituango, Antioquia. Volvieron a sonar las hélices de un helicóptero de la Gobernación de Antioquia sobrevolando la región  mientras los paras acribillaban a los habitantes de ese apartado y pequeño poblado. Una historia que, igualmente quienes hemos trasegado en los medios, escuchamos desde que ocurrieron los hechos. (Como cosa rara, testigos de primera mano fueron silenciados a punta de bala).

Alguna vez dijimos que desde que dejó la Presidencia, Uribe se dedicó a blindarse contra cualquier posible acusación por supuestas relaciones con los paras. Para ello asumió un liderazgo en su movimiento político y recorrió la geografía nacional para mostrarse como el gran líder interesado en los problemas del país, fuera de que, como fue su costumbre de presidente, lanzaba globos que desviaran la atención cada que se le acusaba.

No en vano hoy el Centro Democrático se desgasta en comunicados de toda clase para intentar desvirtuar las acusaciones contra su jefe y todo eso explica además la férrea oposición a la Comisión de la Verdad, a la Jurisdicción Especial para la Paz y al regreso de Mancuso. El temor a que aflorara información que era conveniente mantener tapada ha sido evidente. Y lo que ha salido a la luz pública de inmediato es contratacado con argumentos no pocas veces inverosímiles.

Lo cierto es que en este tema falta mucho por conocer. No creo que la justicia ahora sí vaya a meterle el diente. Es que hay demasiados untados con la sangre de miles de inocentes caídos en las repetidas masacres como las de las fincas bananeras y cabeceras urabaenses en esa terrorífica alianza de paras. Fuerza pública, gobernantes y empresarios.

Lo de Chiquita Brands es solo la punta del iceberg, pero debajo hay un grandísimo bloque de verdades que algunas fuerzas buscan tapar para siempre.

Maullido: ¿Será que está cerca la primera condena contra el exalcalde de Medellín, Quintero Calle?

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