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Víctimas de primera y segunda categoría

 

Juan Camilo Espinosa, concejal asesinado en San Andrés de Cuerquia, un muerto de segunda clase para políticos y autoridades. Foto Corpades



En Colombia hay víctimas de primera y de segunda clase. Si se trata de dirigentes, mucho más cierto es. Los políticos escogen por quién llorar y quién no merece sus lágrimas, secundados por una prensa que también elige cuáles de esas víctimas llevar a la categoría de ídolos y a cuáles ignorar.

Conmoción nacional por el grave atentado contra Miguel Uribe. Todos los políticos se acercaron, las afueras y el interior de la Fundación Santa Fe parecían mitin político.

La prensa informó con equipos especializados desde un comienzo, transmitiendo horas continuas.

Entonces se les ocurrió una marcha para mostrar la fuerza de la derecha. La disfrazaron de silencio y dijeron que todos cabían, pero no fue así. Insultos y maltratos, como siempre. Pero allí estuvieron todos, desde la obediente plana mayor del uribismo con su capataz, hasta el acomodado Sergio Fajardo.

A esa marcha se le quiso presentar como de unidad nacional y en eso fue un fracaso, porque la asistencia sí fue masiva en varias ciudades.

Entonces políticos y medios se han dado a la tarea de resaltar a Miguel Uribe y para su recuperación convocan a oraciones, extraños ritos rezanderos, a misas y hasta un lobísimo concierto de la Filarmónica de Bogotá llevaron a un lugar donde el silencio debe imperar. El personaje lo merece todo, se sobreentiende, pero bien valdría preguntar si es él o es la oportunidad de hacer política en defensa de lo que sea derecha y de sus caciques preelectorales. Al fin y al cabo a ella pertenece Uribe.

En San Andrés de Cuerquia, pequeño municipio de menos de 8000 pobladores y tres calles alargadas, diez días después del atentado contra Uribe, un sicario asesinó por la espalda al concejal discapacitado Juan Camilo Espinosa, perteneciente al movimiento Aico. Para él no hubo homenajes ni palabras de dolor. Solo el gobernador de Antioquia, Andrés Julián Rendón, informó del hecho, pero ni lo lamentó. Mientras, en la sede del gobierno departamental ofrecía una misa por el precandidato del uribismo.

Para la prensa tampoco fue importante. Esta responde a los intereses de las clases altas, pudientes, esas que están llenas de gentes de bien. Tal como en el gobierno de Álvaro Uribe, cuando se convirtieron en caja de resonancia del presidente para hacerles creer a los colombianos (y lo lograron) que las Farc eran el principal problema nacional, los medios ahora han llevado al infortunado Miguel Uribe casi que a ser considerado un prohombre y por él hay que hacer lo que sea.

También siguen asesinando líderes y no importa. Ni al mismo gobierno le interesa ya. El último, Dayiston Correa, en Segovia, Antioquia. Este año, como en el pasado, casi cada dos días asesinan uno y nadie se conmueve. No se mueven la prensa ni los políticos, tal vez porque son personas que huelen a sudor, al sudor que genera un trabajo continuo y destacado por sus comunidades. No son de la rancia estirpe capitalina.

Sobre los implicados en el atentado contra Uribe, cada día se entregan más detalles y publican capturas. De los de San Andrés de Cuerquia ni una nota: tres días después, el homicidio ya no merece prensa.

Negar que la política colombiana y los medios son clasistas sería tapar el Sol con la mano. Tratan de embutir -perdonen, pero vale la palabra- mucho de lo que no es relevante y llevan a que se ignoren asuntos que sí merecerían atención, como la corrupción en pasados gobiernos.

Un clasismo que se siente en muchos otros organismos del Estado: no en vano esos crímenes ‘de importancia’ son resueltos con gran prontitud.

Maullido: a solo un año de que se sepa si los errores del gobierno Petro incidirán en la continuidad o no de un gobierno progresista.

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