Donald Trump emitió desde que se posesionó numerosas órdenes administrativas
para deportar toda clase de personas que estén en indocumentados o que tengan
permisos temporales de residencia en Estados Unidos.
Jocelyn Rojo Carranza era una niña de 11 años que estudiaba en la
Escuela Pública de Gainesville, Texas. Sus compañeros le hicieron bullying
continuo amenazándola que iban a reportar a sus padres a inmigración para que
los deportaran y que ella nunca los volviera a ver.
Jocelyn no aguantó. Se suicidó. Y el tema fue clausurado por la Escuela,
tal vez para no meterse en líos por averiguar la suerte de una niña de cuyos
padres no se conoce el estado migratorio. Ella sí había nacido en Estados
Unidos. Su madre, Marbella, pide que se investigue, nadie la escucha.
El miedo corre por las calles, escuelas, iglesias, almacenes, fábricas,
granjas, por todo Estados Unidos, un país de inmigrantes, 11 millones de ellos
indocumentados pero una gran parte trabajando de forma decente y muy dura, muchas
veces explotados por sus patrones.
Sucede en un país cuyo presidente detesta a los que no sean rubios (o
naranjados como él), que se vale de toda clase de mentiras para cimentar sus
propósitos en todos los frentes, como sucedió afirmando que la guerra la había
empezado Ucrania contra Rusia, país al que defiende y en el que desde larga
data tiene negocios.
La derechización del mundo, que tiene entre sus proclamas el rechazo a
los inmigrantes. Lo que hace Trump con seguridad se replicará o, mejor,
reforzará en países de Europa donde la xenofobia crece de manera exponencial.
Lo acabamos de ver en temas ambientales.
El presidente estadounidense, dentro de esas órdenes, ha desmontado casi
todos los esquemas de ayuda y protección medioambiental. En estos días, el
presidente de Francia, Emmanuel Macron, pidió a la Unión Europea rebajar los
estándares ambientales. Nada bueno. Tanto que ahora el cambio climático y el
daño de los combustibles fósiles poco importan.
Se crean enemigos para enardecer a los seguidores y los políticos se
entregan ante los presidentes, desobedeciendo su misión de legislar y
controlar. Los ciudadanos, cansados de los gobiernos, que se suceden entre
derecha e izquierda sin resolver sus afugias diarias, ceden la vía a toda clase
de decisiones arbitrarias.
Es el mundo hoy. Los países ricos se sienten amenazados por los pobres,
pobres que ayudaron a crear explotando los recursos en sus países durante
décadas, muchas veces a fuego y sangre, e impidiendo, en últimas, que salieran
del subdesarrollo para mantenerlos siempre bajo su égida, entregando a veces solo
unas ‘ayudas’ que nunca alcanzaron a tapar las injusticias.
Mientras se persigue a todas las Jocelynes y a sus padres, que se ganan
la vida sin ponerles problemas a nadie, sin delinquir como los acusa Trump a
todos, los ricos se hacen más ricos. Quien funge en la práctica como presidente
de Estados Unidos, el hombre más rico del planeta, Elon Musk, ha aumentado su
riqueza más del 70 % desde que Trump ganó la Presidencia. Un aumento que también
han recibido los dueños de los grandes emporios tecnológicos que se unieron a
Trump para obtener beneficios, traicionando los valores que antes defendían.
Un mundo solo para los ricos.
Maullido: qué estúpida la obstinación del gobernador de Antioquia,
Andrés Julián Rendón, con el presidente Petro.

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