En Colombia se viven las
paradojas más extrañas e inverosímiles posibles, como es el caso de las elecciones
para Congreso. Lo que es una manifestación clara de democracia es la vez una muestra
contundente de antidemocracia por la forma como se lleva el proceso y los
resultados que se derivan.
Las elecciones para
Congreso, como sucede en las de Asambleas y Concejos, son un botín para políticos
y caciques regionales, no pocas veces asociados a las mismas familias que se han
repartido el poder durante décadas. Cada cuatro años se despiertan para no
perder la oportunidad, como hemos comenzado a verlo. Ya ni recato guardan.
Son la antítesis de la
democracia: compra de votos, clientelismo y corrupción, situaciones que en
artículos y ensayos ha analizado de manera repetida el nobel de Economía 2024,
James Robinson, muy allegado a nuestro país.
Bien decía sin sonrojarse el
impresentable político caucano Juan Calos Martínez, condenado por parapolítica,
que “es mejor negocio la política que el narcotráfico”. La plata que deja una
alcaldía, repetía, no la deja un embarque de droga.
Igual podría decirse de un
congresista. No mentía el exsenador Gustavo Bolívar cuando afirmó que veía que
al Congreso iban a ver qué podían conseguir. El caso de la UNGRD que involucró
a varios altos congresistas no es un hecho aislado.
Va a ser uno tan ingenuo para
creer que la enorme cantidad de aspirantes al Senado -3081- es por un inusitado
amor a la patria. Para algunos es la ocasión salarial de recibir un dinero que
de otra forma nunca percibirían. Para otros -no pocos- la manera de hacerse a
un dinero extra mediante contratos a cambio de aprobar proyectos. No son padres
salvadores de la patria. Miremos que más de 20 de esos posibles congresistas
andan en líos con la justicia.
Esta semana capturaron con
$140 millones a escolta del secretario de la Cámara de Representantes, Jaime
Luis Lacouture, que iban para la compra de votos en La Guajira. A las pocas
horas, el capturado fue un exconcejal de Montelíbano (Córdoba) con 400 millones
con igual destino. Luego, 18 más capturados y 1760 millones de pesos incautados. No hay dudas, es un negocio redondo convertirse en congresista o hacer elegir uno afín.
La forma descarada como la
Alcaldía de Medellín, en manos del poco recomendable Federico Gutiérrez, alias
Fico, ha movido hilos para conseguir votos para el grupo del alcalde y
favorecer la elección de su hermana, es otro caso innegable de antidemocracia denunciado por medios como El Armadillo.
Una investigación a fondo
de Cuestión Pública reveló cómo los empresarios y los millonarios reparten su
apoyo a candidatos con gruesas sumas de dinero. No es afán filantrópico el que
los motiva ni un fervor democrático. La idea es que les devuelvan el favor
luego. Que congresistas que se hayan opuesto a regular alimentos y bebidas
azucaradas para beneficiar la salud de los colombianos, por ejemplo, no es
gratuito. Saldan así parte de la deuda. Otros se favorecen con contratos
diversos.
Esa financiación llega
también de manos dudosas. Por eso no extraña que menos del 30 % de los
candidatos hayan reportado sus cuentas.
En palabras de Robinson y
colegas que recibieron el Nobel todas estas son formas extractivistas, esas
prácticas que benefician a unos en desmedro de los más necesitados y que son
muy notorias en la periferia, esas zonas de poca presencia estatal adueñada por
los clanes y fuerzas oscuras, porque no se puede negar que hay candidatos que
apoyan los grupos violentos.
Un círculo vicioso que no
le interesa romper al poder central, que también se vale de la periferia para
ayudarle cuando se trata de elecciones presidenciales. Así, caciques, familias
y grupos se reparten las regiones y es esta una de las principales razones de
la perpetuación de la pobreza y la miseria.
Entonces la jornada
electoral del domingo será una expresión democrática y a la vez de todas las
prácticas que atentan contra la democracia.
Maullido: qué par de
gobernantes tan flojos y llorones tenemos en Antioquia y Medellín.

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