No se puede negar que la derrota de Iván Cepeda en la primera vuelta de
la elección presidencial fue una gran sorpresa. Las encuestas decían otra cosa.
¿Fue eso lo que motivó la confianza en sus huestes?
Ahora que hay tiempo para analizar, fueron varios los factores que confluyeron
en el descalabro. Sin entrar a considerar la agresiva campaña populista del
representante de la extremísima derecha, Abelardo De la Espriella, hay que
decir que la de Cepeda fue mal hecha, mal dirigida, sosa, sin emociones,
recurriendo a una plaza pública, a la que van -o llevan- los adeptos no los
indecisos ni otros. Le faltaron redes sociales, propuestas innovadoras que
llegaran a la gente.
Además, el lastre Petro es innegable, independiente del desgaste natural
de todo gobierno. En estos cuatro años del primer presidente de izquierda hubo ataques
continuos contra él, ataques de toda clase, incluso desde los mismos medios que no descansaron. Se
comprobó que la izquierda no estaba preparada para gobernar ni actuar en el legislativo,
el otro gran frente de acción. La derecha tampoco para resistir al progresismo
y la izquierda en el poder y de ahí los ataques sin piedad que cobijaron
incluso a la propia familia del presidente.
Y el gobierno no se ayudó. Quedó claro que Petro es un mal gestor -64
ministros, a buena parte llamándolos traidores- y que solo atiende su voluntad.
Pero lo peor es que fueron cuatro años de ataques e insultos a todos los demás,
desde congresistas a jueces y magistrados, a gobernadores y alcaldes y a
periodistas. Eso le pasó factura a Cepeda, como también los nombramientos de
personas cuestionadas, a quienes defendió a capa y espada. (No está de por más
citar la gran votación de Antioquia contra el presidente, pues, aunque
Antioquia es cuna del uribismo y una sede nutrida de la extrema derecha
encabezada por alcalde de Medellín y gobernador, nombramientos como el del
cuestionadísimo exalcalde Daniel Quintero ahondaron una herida abierta con la
parálisis de obras en la región y los insultos a la clase dirigente).
Todo esto generó no solo rechazo sino odio, palpable en declaraciones de
políticos, gobernantes y hasta empresarios, un odio que se trasladó a la
contienda política y eso caló.
Hay grandes temas que también influyeron. Uno, el de la salud. El
gobierno no quiso concertar (¿no había solución intermedia?) y permitió que el
sistema siguiera en deterioro. Dos, la paz total, porque es innegable que los
grupos delincuenciales asociados a las drogas han ampliado cobertura y además
ahora tienen la minería como otro gran frente de ingresos.
No se trata acá de analizar la gestión Petro, porque habrá tiempo para
ello, sino de mostrar hechos y situaciones que han afectado a Iván Cepeda y la
posibilidad de que el proyecto progresista continúe.
Desde hace dos o tres años, varios analistas empezaron a mostrar que en
el partido, el Pacto Histórico, había una enorme ausencia de autocrítica. Todo
era bueno y todo lo del presidente era excelente (tal vez entendible esto
último por el temor a contradecirlo).
Mientras el Pacto en el gobierno de Iván Duque no hubo día que no
resaltara el asesinato de líderes y excombatientes de las Farc, así como las
masacres, en este guardó silencio absoluto. Esto también lo captó el ciudadano,
en particular el que usa redes sociales.
Fueron muchas cosas que se juntaron contra Cepeda y lo que se presentó, como vimos, fue una implosión porque muchas de esas situaciones se generaron y propiciaron desde el mismo gobierno y el Pacto.
La esperanza, más con la amenaza que se cierne sobre el futuro del país en manos de De la Espriella, es que
en estos pocos días hasta la segunda vuelta la campaña dé un giro, lance propuestas
incluyentes y llamativas y vaya tras los votos de los indecisos, capte votantes
del centro y reduzca el ruido de esos asuntos que tanto malestar han generado.
Maullido: Procuraduría sanciona miembros del gobierno por intervenir en política, pero más descarada no pudo ser la intervención del alcalde de Medellín, Fico Gutiérrez, en las elecciones a Congreso y nada hizo.

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