La vida en la Tierra y la humanidad misma, desde que comenzaron a
desarrollarse los homínidos y los homíninos en los últimos siete millones de
años más o menos, siempre ha estado bajo amenazas. Amenazas de extinción desde
el interior del planeta hasta del cielo, entendido este como el espacio exterior.
Amenazas que no han tocado todavía a los humanos, pero que sí alteraron
la vida, tal como la conocemos. Hace 252 millones de años los traps siberianos
ardieron durante dos millones de años, se modificó el clima y se extinguieron
el 70 % de los vertebrados terrestres y 90 % de las especies marinas.
Hace solo 65 millones de años un enorme asteroide, de unos 10
kilómetros, chocó con la superficie y originó la extinción de grandes animales,
como los dinosaurios. De ahí que hoy los astrónomos oteen el cielo con
dedicación y consideren que al menos por los próximos mil años no legará otra
enorme roca que ponga en peligro a toda la humanidad. Puede que lleguen algunas
de menor tamaño con afectaciones locales o regionales.
Como humanos no hemos sufrido la gran hecatombe, pero está ahí, al
acecho. 1816 fue el año sin verano en el Hemisferio Norte: la explosión del
volcán en el monte Tambora en Indonesia alteró el clima del planeta. Un largo
invierno (que sirvió entre otras para que un grupo de escritores quedara encerrado
en Villa Diodati -Suiza- entre ellos Lord Byron, y María Shelley diera vida al famoso
monstruo Frankenstein)m cubrió el planeta y transformó la vida cotidiana.
En 1859 sucedió el evento Carrington, una llamarada solar tan potente
que quemó líneas del telégrafo y a algunos telegrafistas incluso y produjo
auroras boreales tan intensas que se observaron hasta en Colombia.
Las explosiones de supervolcanes volverán en su momento -como nos lo
recuerda Tamsin Mather en Adventures in Volcanoland- y, a no dudarlo, afectarán
a los humanos de entonces de modos tal vez insospechados y catastróficos.
De las explosiones del Sol no podemos estar protegidos y es imposible
descartar otra enorme eyección de masa que bloquee satélites y deje a oscuras
todo o buena parte del planeta.
El renombrado astrofísico Stephen Hawking consideró que la existencia de
la humanidad está amenazada seriamente por el cambio climático y la
inteligencia artificial (lo creía cuando no había los desarrollos actuales, que
no pudo ver).
El cambio climático sigue hoy como una seria amenaza, pero no ya en el
plano global sino regional. Seguro durante unos siglos significará el fin para
millones de personas por desastres naturales y hambrunas.
El gran tema ahora es la inteligencia artificial, cuyos beneficios -hay
que decirlo- son indiscutibles, desde el remedio para enfermedades incurables
hasta el aporte en nuevos materiales y la solución múltiples situaciones de la
vida diaria. Hace pocos días, la empresa OpenAI mostró cómo uno de sus desarrollos
de IA resolvió una de las siete preguntas matemáticas del milenio, que ningún
humano había podido.
Poco después, el mundo se inquietó cuando Jacob Coxon, un investigador de
la empresa Anthropic renunció y expresó que lo había porque no se estaban midiendo
las consecuencias de desarrollar sistemas superhumanos que todo lo pueden
hackear y adquirir poderes reales y recursos.
Su mensaje hizo que el jefe ejecutivo de esa empresa, Dario Amodei,
hiciera un llamado de 3800 palabras para detener la carrera del desarrollo de
formas de inteligencia artificial. Hoy numerosos laboratorios trabajan creando
un sistema de IA que pueda ser autónomo e incluso crear otros sistemas (el gran
temor).
Aunque recibió el apoyo de otros grandes jefes de las empresas de IA más
grandes, como Space X, DeepMind y OpenAI, no fue del agrado del presidente de
Estados Unidos, que desea vencer en todo a su archirrival, China, cuyos
desarrollos en IA superan en varios frentes a los estadounidenses. Tampoco agradó
a los dueños de empresas menores que ven el llamado como una manera de que las
grandes sigan concentrando poder y valor (cada una está avaluada en más de US$
4000 millones).
Los temores de Anthropic surgieron desde que detuvo el accionar de
científicos que buscaban modelos de IA para desarrollar armas biológicas.
Las preocupaciones subieron en julio cuando Open AI informó que algunos
de sus modelos habían escapado de la contención y habían hackeado a la empresa de
IA, Hugging Face.
Y el miércoles 15 de este mes reveló otras seis instancias en las cuales
modelos de IA escondieron errores, fabricaron datos y movieron archivos a
internet sin permiso.
Consideran algunos investigadores que los sistemas de IA pueden ser lo
suficientemente poderosos para mejorarse a sí mismos sin ayuda humana, el
llamado automejoramiento recursivo (R.S.I. sigla en inglés).
En un blog, Anthropic escribió que cuando la IA se construya a sí misma “aumentan
los riesgos de que los humanos pierdan el control de los sistemas de IA”. Si un
sistema se mejora a sí mismo, podría inactivar a los rivales y ganar cada vez
más y más poder.
Algunos medios y personas especulan entonces que podrían accionar las
armas atómicas, hackear todos los sistemas del planeta y crear un enorme caos
con poder tan destructivo que amenace la misma existencia humana.
Ficción o realidad, el caso es que esta sí es una amenaza global hoy.
Cómo se contendrá dependerá de la voluntad de regularla para establecer estrictos
controles de seguridad.
Sean volcanes, asteroides, nuestro vecino el Sol o los sistemas de
inteligencia artificial, la supervivencia humana hasta el final de los días de
la Tierra no estará nunca asegurada.
Maullido: el gobierno de De la Espriella ha generado tal nivel de desinformación que hoy no sabemos dónde y en qué estamos.

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