Todos arrodillados ante el histriónico Abelardo De la Espriella. Un
gobernante que no solo está supeditado a lo que diga el presidente de Estados
Unidos, Donald Trump (lo vemos en temas como los cultivos ilícitos, el escudo
de las Américas, la aspersión de químicos, las operaciones militares conjuntas).
Sino que actúa como él, borrando cualquier tipo de oposición y a las personas
que le incomodan.
No solo las periodistas de Blu Radio o Vladdo de RCN, también pidió la
cabeza hasta de la genuflexa hoy exdirectora de El Colombiano, la señora
Sierra. Ahora eliminó otro obstáculo, el presidente de la Asociación Nacional
de Industriales (Andi), Bruce Mac Master, que pese a alentar la campaña por De
la Espriella cayó en desgracia por no querer depositar en el fondo sin fondo
creado por y para mal llamada primera dama, la esposa del gobernante para
recibir dineros para las víctimas del sismo del 10 de agosto. Un fondo que a la
fecha es un completo misterio del cual no han querido dar cuentas ni a la
justicia.
En la luna de miel que empresarios y políticos andan con De la Espriella
todos callan, tragan entero. La idea de cada uno es sacar provecho personal, la
mayor tajada posible y no hacer entrar en furia al pequeño trumpista criollo.
Que los políticos callen es entendible. Al fin y al cabo siempre se han
arrodillado ante el mejor postor -gobierno de turno- o ante quien más les
ofrezca, pero que lo hagan los empresarios, que tienen el poder económico y la
sartén por el mango, sugiere un sometimiento casi grotesco a la voluntad del
jefe de gobierno.
¿Entonces nadie se le parará de frente a De la Espriella?
Caben acá las recientes palabras de la jefa de Amnistía Internacional, Agnès
Callamard, en entrevista con el diario El Espectador. Refiriéndose al
despliegue de Abelardo ‘patrullando’ (ja) calles de Santa Marta y Cali con
pistola al cinto, dijo que “La pregunta que deberían hacerse los colombianos,
creo, es para quién era ese gesto. Porque, en mi opinión, no era para la gente
de Cali que yo conozco. La comunidad afrodescendiente, los pobres, lo verían y
pensarían: “¿por qué? ¿Qué están tratando de aparentar? ¿Cómo me van a
proteger?”
Ese despliegue de fuerza estaba dirigido a ciertas personas. Estaba
dirigido a la élite, a quienes ya están protegidos. Era para decir “mírenme,
aquí estoy, los voy a proteger”. No estaba dirigido a quienes de verdad
necesitan protección en este momento.
Tal vez a eso se deba -en parte- que políticos y empresarios -en especial
estos- hallan doblado la cerviz ante De la Espriella, y que la prensa también
se hinque, al fin y al cabo responde por intereses de los poderosos.
La idea de su gobierno es meter miedo. No solo con escenas de violencia como
pasearse frente a cadáveres de delincuentes o insultando a presos sometidos y
encadenados (¡vaya valentía!) que no pueden valerse por sí mismos, o mostrando
una falsa superioridad moral, todo preparado, sino recortando derechos como
comenzó a hacerlo, una situación bien vista por la extrema derecha, que así siente
protegidos sus privilegios.
Pero, al fin de cuentas, como afirmó la señora Callamard, vivimos la era
de los cobardes. Esas escenas de supuesta fortaleza solo demuestran debilidad.
Que muchos en Colombia estén arrodillados ante semejante personajillo
genera mucho desconsuelo. Menos mal no son todos.
Maullido: creer que la delincuencia se va a reducir con las cárceles y
megacárceles es mear fuera del tiesto.

Comentarios
Publicar un comentario